LA PREGUNTA MAL HECHA: ¿DÓNDE ESTÁN LOS VENEZOLANOS DISPUESTOS A MORIR POR SU LIBERTAD?

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LA PREGUNTA MAL HECHA: ¿DÓNDE ESTÁN LOS VENEZOLANOS DISPUESTOS A MORIR POR SU LIBERTAD?

Por Erasmo Avellaneda | Circulando por la Derecha

Es una de las preguntas que más he escuchado en estos años, y la he escuchado casi siempre en español chileno, colombiano o español de España. Rara vez en venezolano.

¿Dónde está la gente dispuesta a jugarse la vida? ¿Por qué no salen a la calle? ¿Por qué aguantan?

Debajo de esa pregunta hay una acusación que casi nunca se dice en voz alta: que los venezolanos no fueron lo suficientemente valientes.

Quiero desarmar esa idea. No por corrección política, sino porque es empíricamente falsa. Y porque mientras sigamos haciendo la pregunta equivocada, no vamos a encontrar la respuesta que importa.

LA RESPUESTA EMPÍRICA

¿Dónde están los venezolanos dispuestos a morir por su libertad?

Muchos están muertos.

Desde 2014, más de 300 personas han sido asesinadas durante manifestaciones en Venezuela. En 2019, Provea registró 61 manifestantes muertos en cinco meses de protestas. Tras las elecciones del 28 de julio de 2024, la misma organización documentó 25 asesinatos en apenas cuatro días.

Un dato que ordena todo lo anterior: durante los veintiún años que abarcan los gobiernos de Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera y Hugo Chávez, murieron en protestas 77 personas. En los primeros seis años de Maduro, la cifra se triplicó.

Otros están presos.

Entre el 29 de julio y el 13 de agosto de 2024 fueron arrestadas más de 2.400 personas, según cifras del propio gobierno. Un promedio de 150 detenciones diarias durante dieciséis días. Foro Penal verificó 2.062 detenidos políticos en el período poselectoral y, al cierre de ese año, al menos 43 personas permanecían en desaparición forzada. Otras 9.000 vivían bajo medidas restrictivas: prohibición de salida, presentaciones periódicas, arraigo.

Human Rights Watch documentó torturas, desapariciones y el rol de los colectivos armados en la represión.

Y hay un dato que conviene leer dos veces: según Foro Penal, más del 95% de los detenidos provenían de comunidades pobres.

No salieron los estudiantes de clase media de Caracas. Salieron los barrios. Los mismos barrios que el chavismo decía representar.

Y más de siete millones se fueron.

La cifra de refugiados y migrantes venezolanos superó los 7,7 millones a nivel mundial. Casi un cuarto de la población del país.

Así que la respuesta a la pregunta es sencilla y está documentada: los venezolanos dispuestos a jugarse la vida están en los cementerios, en las cárceles y en el exilio.

Aparecieron. Muchas veces. Y perdieron.

POR QUE EL CORAJE NO BASTA

Aquí está el punto que incomoda, y es una lección política de primer orden.

Los regímenes de este tipo no caen por acumulación de valentía. Si así fuera, Venezuela sería libre desde 2017.

El coraje ciudadano es una condición necesaria. Nunca ha sido suficiente. Y creer lo contrario nos lleva a un error de diagnóstico que después pagamos caro: si el problema es la falta de héroes, la solución es exigir más héroes. Es decir, exigirle a un padre de familia en Petare que se pare frente a un colectivo armado, mientras nosotros lo aplaudimos desde una pantalla.

Eso no es política. Es consumo de heroísmo ajeno.

ENTONCES, ¿QUIÉN DERRIBA UNA DICTADURA?

La literatura sobre transiciones democráticas es bastante consistente en esto, y contradice la épica.

Las dictaduras rara vez caen por el empuje de la calle sola. Caen cuando la coalición que las sostiene se fractura.

Es decir: cuando los militares calculan que reprimir cuesta más que negociar. Cuando los empresarios que financiaban el arreglo dejan de recibir su retorno. Cuando los cuadros medios del aparato buscan garantías para el día después. Cuando alguien adentro decide que el régimen es peor negocio que la transición.

La calle es la presión. La fractura de la élite es el mecanismo.

Chile en 1988, España en 1976, Polonia en 1989: en los tres casos hubo movilización social, sí, pero el momento decisivo llegó cuando una parte del poder establecido concluyó que la salida ordenada le convenía más que la resistencia.

LA FRACTURA QUE NO OCURRIÓ

Ahora apliquemos esto a enero de 2026.

Maduro no cayó por una fractura interna. Cayó porque un comando extranjero lo sacó de Caracas en cuarenta minutos.

Y esa diferencia lo explica todo.

Cuando la cúpula no se rompe por dentro, sino que se le extrae la cabeza desde afuera, el cuerpo sigue funcionando. Por eso el Tribunal Supremo siguió siendo el mismo. Por eso la Asamblea Nacional sigue presidida por un Rodríguez. Por eso el ministro de Defensa de doce años fue trasladado a la cartera de Agricultura en lugar de a un tribunal.

La élite chavista no se fracturó. Se reacomodó.

Nadie adentro tuvo que calcular nada, porque nadie adentro estuvo en riesgo. Y una élite que no corre riesgo no negocia: administra.

Ahí está el verdadero fracaso de estos siete meses, y no en una supuesta falta de heroísmo popular.

EL AGENTE HISTÓRICO QUE SÍ EXISTE

Si el sujeto de la transición no es el mártir, ¿quién es?

Primero, la parte del régimen que quiera un futuro. Suena repugnante y lo es. Pero toda transición negociada incluye a gente que no merecería estar en la mesa. Chile lo sabe mejor que nadie. La alternativa —justicia total inmediata— garantiza que nadie suelte el poder jamás, porque soltarlo equivale a suicidarse.

Segundo, una oposición capaz de ofrecer garantías creíbles. Esta es la tarea más ingrata y menos épica que existe: diseñar un consejo electoral, negociar plazos, construir un marco de justicia transicional. Nadie transmite eso en vivo. Ahí se juega el país.

Tercero, la diáspora. Y este es el dato más esperanzador de todo el panorama. Una encuesta de ACNUR realizada entre enero y marzo de este año encontró que más de un tercio de los venezolanos desplazados en la región consideraría regresar si mejoraran las condiciones. Un 9% lo haría dentro de un año. Y de quienes ya han retornado, el 80% planea quedarse.

Siete millones de personas con oficio, capital y experiencia de vida en democracias funcionales. Eso no es una tragedia migratoria. Es la mayor reserva de capital humano que tiene Venezuela, y está esperando una sola señal: que valga la pena volver.

Cuarto, una presión internacional sostenida. No episódica. No condicionada al precio del barril.

LA PREGUNTA CORRECTA

Entonces la pregunta no era dónde están los venezolanos dispuestos a morir.

La pregunta es: ¿quién está dispuesto a hacer el trabajo aburrido?

¿Quién negocia el consejo electoral? ¿Quién diseña las garantías que permitan a un general retirado dormir tranquilo sin haber gobernado con impunidad? ¿Quién sostiene la presión cuando ya no hay imágenes dramáticas que compartir?

Y una última, que nos toca a nosotros.

Durante años exigimos coraje a los venezolanos desde la comodidad. Es más fácil pedir mártires ajenos que asumir que la libertad de un país vecino también depende de lo que hagan sus vecinos: qué gobiernos reconocemos, qué presión ejercemos, cómo tratamos a los venezolanos que llegaron a nuestras calles huyendo exactamente de lo que decimos condenar.

Venezuela nunca tuvo escasez de valentía. Tuvo escasez de arquitectura.

Y la arquitectura, a diferencia del martirio, sí se puede construir desde afuera.

Este artículo cierra la reflexión iniciada en "Maduro cayó. El chavismo, no." y "Siete meses sin Maduro: la transición que no empieza".

Circulando por la Derecha es un blog de opinión política republicana. Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor.