Hay una frase que Gabriel Boric repitió hasta el cansancio durante su campaña presidencial: "Si Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba." Era marzo de 2022. Tenía 36 años. Era el presidente más joven que había tenido Chile. Y llegaba al poder con una promesa enorme: transformar el país desde sus cimientos.
Cuatro años después, Chile no fue la tumba del neoliberalismo. Fue casi la tumba de la izquierda chilena.
Boric terminó su mandato el 11 de marzo de 2026 con entre 31 y 37% de aprobación, según la encuestadora que uno consulte — Pulso Ciudadano marcó 31,3%, Criteria 34%, Cadem 37% — con un 58% de desaprobación transversal, y con el dudoso honor de encabezar el gobierno peor evaluado desde el retorno a la democracia en 1990. No es una opinión. Es lo que dice el promedio de todas las encuestas disponibles.
El experimento de la izquierda millennial chilena tuvo cuatro años para demostrar que era diferente. Y los datos dicen que no lo fue.
LAS NOTAS DEL ALUMNO
La encuestadora Criteria publicó al final del mandato un cuadro de calificaciones del gobierno de Boric área por área. El resultado es, en términos académicos, una reprobación general. El gobierno obtuvo nota promedio 3,4 — en escala de 1 a 7 — la más baja entre todos los presidentes desde 1990.
Desglosado por área, el cuadro es todavía más contundente:
- Previsión (pensiones): 3,7
- Inflación: 3,6
- Salud: 3,4
- Empleo: 3,3
- Inmigración: 2,8
- Delincuencia: 2,7
Delincuencia e inmigración: las dos notas más bajas. Las dos áreas donde los chilenos más sintieron el fracaso de este gobierno en su vida cotidiana. No es casualidad.
Un 53% de los encuestados calificó el gobierno como "malo o muy malo". Para ponerlo en perspectiva: ni los gobiernos más controversiales de las últimas tres décadas lograron esa cifra.
LOS NÚMEROS QUE NO MIENTEN
Durante la campaña, Boric prometió crear más de 700 mil empleos. Cuatro años después, el número real fue de 560 mil. Déficit de 140 mil puestos de trabajo prometidos que nunca llegaron.
El crecimiento económico promedio del gobierno Boric fue de aproximadamente 1,8% anual — inferior incluso al segundo mandato de Michelle Bachelet, que con su 1,9% ya era considerado el más bajo desde el retorno a la democracia. En otras palabras: Boric logró lo que parecía difícil de lograr: ser económicamente peor que Bachelet II.

La deuda pública cerró en 41,7% del PIB — el nivel más alto desde la recuperación democrática. Chile, un país históricamente reconocido en la región por su disciplina fiscal, terminó este gobierno con las cuentas más comprometidas de su historia reciente.
Y en materia de promesas de programa: según IdeaPaís, el gobierno cumplió el 41,7% de las 587 promesas de su programa. Menos de la mitad. Y eso contando las promesas cumplidas parcialmente. Si uno aplica un criterio estricto, el porcentaje cae todavía más.
LA SEGURIDAD: EL GRAN FRACASO COTIDIANO
Si hay un área donde el fracaso del gobierno de Boric se sintió en la piel de los chilenos, fue la seguridad. Y lo paradójico es que Boric llegó al poder desde una tradición política que históricamente minimizó el problema de la delincuencia, lo trató como consecuencia de la desigualdad y resistió las soluciones de mano dura.
La realidad los atropelló.
Los homicidios en Chile alcanzaron su peak en 2022 — el primer año de Boric — con 1.330 casos. Luego bajaron a 1.249 en 2023 y a 1.207 en 2024. Una caída real del 22,8%, que el gobierno reivindicó como logro. El problema es que esa caída convive con algo que los números no capturan del todo: la percepción de inseguridad alcanzó cifras históricas durante este período. Los chilenos se sienten más inseguros que nunca, independientemente de lo que digan las estadísticas de homicidios.

¿Por qué? Porque la delincuencia mutó. El crimen organizado se instaló con una fuerza inédita. El narcotráfico penetró comunas que antes eran ajenas a ese mundo. Las extorsiones a pequeños comerciantes se volvieron cotidianas. Los robos con violencia escalaron en brutalidad aunque no siempre en cantidad. Los ciudadanos aprendieron a no salir de noche en sectores que antes eran tranquilos.
La nota del ciudadano para el gobierno en esta materia: 2,7. Reprobado con creces.
Y eso que el gobierno promulgó 69 leyes en materia de seguridad — el mayor número desde 1990. Cantidad de leyes, sin embargo, no es lo mismo que eficacia. Cuando se legisla desde el pánico y sin una estrategia coherente, el resultado es ruido normativo sin impacto real.
EL CASO CONVENIOS: EL GOLPE EN EL CORAZÓN
Pero si hay un capítulo que define moralmente a este gobierno, es el Caso Convenios.
Todo comenzó en junio de 2023, cuando se destapó que la Fundación Democracia Viva — vinculada al partido Revolución Democrática, pieza clave del Frente Amplio — había recibido 426 millones de pesos del Ministerio de Vivienda a través de convenios directos sin licitación. Lo que parecía un caso aislado se convirtió en una avalancha: la Fiscalía terminó investigando montos que superan los 89 mil millones de pesos en más de 100 causas abiertas en casi todas las regiones del país.
El daño no fue solo económico. Fue político y moral. Boric había llegado al poder prometiendo una nueva forma de hacer política, más ética, más transparente, más distante de los vicios de la "vieja política". El Caso Convenios le demostró al país que la izquierda millennial tenía los mismos apetitos que la política tradicional que decía combatir. Solo que con menos experiencia para ocultarlos.
El resultado fue brutal: un 72% de los encuestados considera que durante el gobierno de Boric la corrupción aumentó, y su administración obtuvo la peor evaluación en materia de probidad entre todos los gobiernos de los últimos 25 años.
No es poca cosa. Supera en percepción de corrupción incluso a gobiernos que antes eran vistos como el estándar negativo. Para un gobierno que hizo de la ética su principal bandera de campaña, es una derrota histórica.
LO QUE SÍ HIZO
La honestidad intelectual obliga a señalar que el gobierno de Boric no fue solo fracasos. Aprobó la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales — una medida con amplio respaldo ciudadano. Avanzó en algunos aspectos de la reforma de pensiones, aunque sin lograr el acuerdo transversal que habría requerido. Impulsó políticas de salud mental y cuidados que ampliaron coberturas para sectores vulnerables.
Estos logros existen. Son reales. Pero son insuficientes para compensar el peso de los fracasos. Un gobierno no se evalúa solo por lo que hizo, sino también por la magnitud de lo que prometió y no cumplió. Y Boric prometió demasiado.
EL LEGADO: UNA LECCIÓN PARA LA REGIÓN
Escribo esto desde la perspectiva de un venezolano que vive en Chile. Un venezolano que vio de cerca cómo las buenas intenciones de izquierda, sin disciplina fiscal, sin respeto a las instituciones y sin claridad económica, pueden destruir un país en veinte años.
Chile no llegó ni cerca de ese escenario — y eso es en parte mérito de las instituciones que Boric no pudo o no quiso desmantelar. Pero sí fue un experimento costoso. Un experimento que le demostró a la región que el discurso del cambio generacional de izquierda, sin sustento en datos, sin gestión eficiente y sin honestidad sobre los límites del Estado, termina igual que todos los anteriores: en promesas rotas y ciudadanos defraudados.
El 52% de los chilenos, según la última encuesta Cadem, cree que al nuevo gobierno le irá "muy bien o bien". Después de cuatro años de Boric, eso no es solo optimismo. Es alivio.
Chile votó. Chile eligió. Y Chile pagó el precio de aprender, una vez más, que las buenas intenciones sin buena gestión no alcanzan para gobernar.
Dios y Patria.
ERASMO AVELLANEDA MILLÁN




