Por Erasmo Avellaneda Millán Categoría: Venezuela y Diáspora.
Hay una pregunta que me hago cada vez que subo a un avión, cada vez que cruzo una frontera, cada vez que escucho el acento venezolano en la boca de un extraño en un supermercado de Santiago: ¿Cómo fue posible?
¿Cómo fue posible que un país con las reservas de petróleo más grandes del mundo, con tierras fértiles, con gente inteligente, trabajadora y alegre, terminara expulsando a más de nueve millones de sus ciudadanos en apenas dos décadas?
Nueve millones. Permíteme que te deje pensar en eso un momento.

Nueve millones de venezolanos viviendo fuera de Venezuela. Nueve millones de personas que en algún momento tomaron la decisión más difícil de su vida: dejar atrás su tierra, su familia, su historia, y comenzar de cero en un país que no es el suyo. Nueve millones de historias de valor, de dolor, de adaptación y de nostalgia. Nueve millones de testigos de lo que el socialismo es capaz de hacerle a una nación.
Eso no es una estadística. Eso es una condena histórica.
EL ÉXODO MÁS GRANDE DE AMÉRICA LATINA
Para poner las cifras en perspectiva: la diáspora venezolana es hoy la segunda crisis de desplazamiento más grande del mundo, solo superada por la de Ucrania tras la invasión rusa. Supera en número a los refugiados sirios en el peor momento de su guerra civil. Es, sin lugar a dudas, la mayor tragedia humanitaria que ha vivido América Latina en su historia moderna.
Y sin embargo, el mundo la mira con un ojo. La trata como una nota al pie. Como un problema migratorio más, reducible a gráficos, a políticas de frontera, a debates sobre integración.
Lo que el mundo no entiende —o no quiere entender— es que detrás de cada venezolano que cruza una frontera hay una historia que es, al mismo tiempo, personal y política. Hay una familia destruida y hay un modelo ideológico que la destruyó. Hay un sueño truncado y hay un régimen que lo truncó. No puedes separar el drama humano de su causa política, por más que algunos se empeñen en hacerlo.

Yo soy parte de esa estadística. Soy uno de esos nueve millones. Y precisamente por eso, me niego a que mi historia —y la de millones como yo— sea contada por quienes no la vivieron.
LO QUE SE PIERDE CUANDO UNO SE VA
Hay algo que los que nunca han emigrado de forma forzada no pueden comprender del todo: la emigración no es solo un cambio de dirección. Es una ruptura. Es una herida que nunca cierra del todo.
Uno no emigra y ya. Uno emigra y pierde. Pierde el olor de su casa, el sabor de su comida, la voz de su madre al teléfono que suena cada vez más lejana. Pierde el derecho a estar en los momentos importantes: el cumpleaños del sobrino, el velorio del abuelo, la graduación del hermano. Pierde la cotidianidad de su pueblo, esa que uno da por sentada hasta que ya no la tiene.
Yo perdí a mis padres. Ambos. Con apenas 43 días de diferencia. Y no estuve ahí como hubiera querido estar.
Mi padre murió el 3 de abril de 2024, cerca de las 10 de la mañana. Muerte súbita. Sin aviso, sin despedida, sin que yo pudiera estar a su lado. Mi madre había sufrido una hipoglucemia severa el 19 de agosto de 2023 que la dejó en estado vegetativo persistente. Agonizó durante meses en Colombia, esperando una visa de reunificación familiar que le permitiera estar con su familia. Murió en la madrugada del 15 de mayo de 2024, sola en tierra ajena, sin haber podido reunirse con los suyos. La visa de reunificación familiar llegó el 13 de enero de 2025. Ocho meses después de que ella ya no estaba.
Repito: la visa llegó ocho meses después de que mi madre murió esperándola.
Esa es la cara que el socialismo tiene en mi vida: no la de un libro de economía, no la de un debate universitario. La de dos cajones de madera y una visa que llegó tarde. La del Estado que te expulsa, y luego el Estado que te acoge que tampoco llega a tiempo. Esas son las cosas que no te cuentan cuando emigras. Mucho menos si eres un desplazado, no un emigrante por elección.
Cuando alguien me dice que el socialismo "tiene buenas intenciones", yo pienso en eso. Y entonces entiendo que las buenas intenciones, sin libertad, sin instituciones, sin respeto a la propiedad privada y a los derechos individuales, no son más que el pavimento del camino al infierno.
LOS TESTIGOS QUE EL MUNDO NECESITA ESCUCHAR
La diáspora venezolana es, en su conjunto, el mayor archivo vivo de lo que el chavismo hizo con Venezuela. Somos millones de testimonios andantes. Somos la evidencia que no puede ser manipulada por el Ministerio de Información, que no puede ser censurada por el CNE, que no puede ser silenciada por las amenazas del SEBIN.
Estamos aquí. En Chile, en Colombia, en Perú, en España, en Estados Unidos, en Argentina, en Ecuador, en Panamá. Estamos en los restaurantes, en los hospitales, en las obras de construcción, en las universidades. Estamos reconstruyendo nuestras vidas con las uñas y con la dignidad intacta. Y llevamos con nosotros la memoria de lo que pasó.
Esa memoria es incómoda para muchos. Es incómoda para los gobiernos de izquierda de la región, que durante años miraron a Chávez como un modelo a seguir. Es incómoda para los intelectuales progresistas que aplaudieron la "Revolución Bolivariana" desde la comodidad de sus oficinas en Buenos Aires o Ciudad de México. Es incómoda para los periodistas que vendieron el cuento del "socialismo del siglo XXI" sin pagar el precio que pagamos nosotros.
Pero la incomodidad no borra la verdad. Y la verdad es esta: Venezuela no se destruyó por un accidente. Venezuela se destruyó por un proyecto político deliberado, ideológico, sostenido durante más de veinte años, que concentró el poder, destruyó las instituciones, eliminó la propiedad privada, persiguió a la oposición y hundió al país en una espiral de miseria de la que todavía no logra salir.
POR QUÉ IMPORTA QUE LO CONTEMOS
Podríamos quedarnos callados. Podríamos adaptarnos, integrarnos, y dejar atrás todo lo que pasó como quien cierra una herida con esparadrapo. Muchos lo hacen. Es comprensible. El dolor cansa. La nostalgia agota. El exilio tiene su propio peso y no todo el mundo tiene energía para cargarlo y además hablar.
Pero yo creo que tenemos una responsabilidad que va más allá de nuestra comodidad personal. Creo que la diáspora venezolana tiene una misión histórica: ser la memoria que Venezuela no puede tener desde adentro, porque desde adentro la memoria es peligrosa.
Debemos contarlo porque hay jóvenes en Chile, en Argentina, en España, que están siendo seducidos por las mismas ideas que destruyeron Venezuela, envueltas en un lenguaje nuevo, con nuevos rostros y nuevas consignas, pero con la misma esencia: más Estado, menos libertad, más control, menos propiedad, más ideología, menos razón.
Debemos contarlo porque la historia, cuando no se cuenta, se repite.
Debemos contarlo porque nueve millones de personas no pueden convertirse en una nota al pie de página.
EL FUTURO DE VENEZUELA Y EL FUTURO DE NOSOTROS
Hay una pregunta que me hacen con frecuencia: ¿volverías a Venezuela si las cosas cambian?
Mi respuesta honesta es: no lo sé. Y esa incertidumbre en sí misma es una forma de daño. Porque la patria no debería ser una pregunta condicional. La patria debería ser una certeza.
Lo que sí sé es esto: Venezuela va a cambiar. No sé cuándo, no sé cómo, no sé si será a través de un proceso político pacífico o de una explosión social. Pero los sistemas que se sostienen sobre la mentira, la represión y la miseria tienen fecha de vencimiento. La historia lo demuestra.
Y cuando ese momento llegue, la diáspora va a jugar un papel fundamental. Somos los que conservamos las instituciones en la memoria, los que sabemos cómo funciona un Estado de derecho porque lo hemos visto funcionar desde afuera, los que tenemos el capital humano, la experiencia y —quizás lo más importante— el amor suficiente para volver a construir.
Pero mientras ese momento llega, nuestra tarea es clara: no callar. Hablar. Recordar. Testimoniar. Ser los nueve millones de razones por las que el mundo debe saber lo que el socialismo le hace a un pueblo cuando se lo permites.
Cada venezolano en el exterior es una historia. Cada historia es una prueba. Y el conjunto de todas esas pruebas forma el veredicto más contundente que puede emitir la historia sobre un modelo político: el fallo de los pies que se van.
Cuando un pueblo huye de su propio país, no hace falta ningún tribunal internacional. La sentencia ya está dictada.




