Serie: Técnicas de Manipulación Política — Tercera entrega Por Erasmo Avellaneda | Circulando por la Derecha
Hay una forma de ganar todas las discusiones sin ganar ninguna: inventar al rival.
No refutas lo que tu adversario dijo. Refutas una versión deformada, exagerada y estúpida de lo que dijo. Y como esa versión es ridícula, la destruyes en tres frases. El público aplaude. Tú te vas convencido de que ganaste.
Pero nunca discutiste con nadie. Discutiste contra un muñeco de paja que armaste tú mismo.
Bienvenido a la falacia más usada del debate político chileno.
QUÉ ES, EXACTAMENTE
El nombre viene del entrenamiento militar. Los soldados practicaban con muñecos de paja: no se defienden, no contraatacan, no razonan. Los partes al medio de un golpe y sientes que sabes pelear.
En el debate público funciona igual. El hombre de paja consiste en sustituir el argumento real del adversario por una caricatura fácil de derribar, y luego derribarla como si fuera el argumento original.
Se construye en tres movimientos:
Primero, se distorsiona. Se toma la posición del otro y se le cambia una palabra clave. "Regular la migración" se convierte en "perseguir migrantes". "Revisar el gasto público" se convierte en "dejar sin salud a los pobres".
Segundo, se lleva al extremo. Se transforma una propuesta acotada en un proyecto total. Ya no es una reforma tributaria: es "entregarle el país a los ricos".
Tercero, se ataca la caricatura. Y aquí viene lo perverso: el ataque suele ser correcto. Claro que perseguir migrantes está mal. Claro que dejar sin salud a los pobres es indigno. El problema es que nadie propuso eso.
EL HOMBRE DE PAJA EN VIVO: LA MEGARREFORMA
No hace falta irse a los libros. Basta con mirar lo que pasó en el Congreso hace nueve días.
La madrugada del jueves 16 de julio, tras más de doce horas de sesión, el Senado aprobó los artículos centrales de la Ley de Reconstrucción Nacional por 26 votos contra 24. El martes 21 la Cámara despachó casi todo el articulado. El corazón del proyecto: bajar el impuesto corporativo del 27% al 23% y garantizar invariabilidad tributaria por veinte años a las grandes inversiones.
Ese es el hecho. Ahora observa cómo se discutió.
El argumento real del gobierno es una cadena causal discutible pero concreta: menor carga tributaria → mayor inversión → más empleo y, eventualmente, más recaudación. Se puede refutar con datos. Se puede cuestionar la elasticidad. Se puede exigir evidencia comparada.
El hombre de paja que se levantó en su lugar fue otro: "le están asegurando los bolsillos a las grandes fortunas". El diputado Gonzalo Winter lo resumió así en la sala: "Hoy día no se vota la reconstrucción, hoy día se votan los recortes".
Fíjate en la operación. Una garantía de estabilidad de tasas —que es lo que la invariabilidad tributaria es— se reformula como un regalo. Y contra un regalo a los millonarios no hay nada que argumentar: solo indignarse.
Nadie tuvo que explicar por qué la cadena causal del gobierno estaría equivocada. Bastó con cambiarle el nombre.
Y AHORA LA PARTE INCÓMODA
Si esta serie sirviera solo para acusar a la izquierda, sería propaganda, no análisis. Así que vamos con el espejo.
La oposición presentó más de mil trescientas indicaciones al proyecto. La respuesta del oficialismo fue instalar una idea: que el único propósito de esas indicaciones era entrampar la tramitación. El propio Presidente lo dijo con una frase que sonó muy bien: "No necesitamos un tsunami de indicaciones, necesitamos un huracán de inversiones".
Es ingeniosa. También es un hombre de paja.
Porque presentar indicaciones es exactamente lo que un parlamentario de oposición debe hacer. Algunas eran obstruccionistas, sí. Otras eran técnicas, legítimas y varias fueron incorporadas. Reducir todas a "obstrucción" evita tener que responderle a las que tenían razón.
Un gobierno que solo escucha la caricatura de sus críticos termina gobernando sin información. Y eso, para quienes creemos en este proyecto, debería preocuparnos más que a nadie.
POR QUÉ FUNCIONA TAN BIEN
Por tres razones, y ninguna es buena.
Porque es barato. Refutar el argumento real de tu adversario exige estudiarlo. Refutar la caricatura exige treinta segundos y buena puntería.
Porque premia la tribu. El hombre de paja no está diseñado para convencer al que piensa distinto. Está diseñado para que los tuyos se sientan inteligentes. Es un servicio de autoestima ideológica.
Porque el algoritmo lo financia. En X, en TikTok, en cualquier red: la versión matizada de un argumento no viaja. La versión deformada e indignante viaja sola. La manipulación no es un accidente del formato. Es su modelo de negocio.
CÓMO DESARMARLO
Cuatro herramientas concretas. No sirven para ganar discusiones. Sirven para no ser usado.
1. Exige la cita. Cuando alguien te diga "la derecha quiere X" o "la izquierda quiere Y", pregunta quién, cuándo y dónde lo dijo. La mayoría de las veces no hay respuesta, porque no hay cita: hay resumen hostil.
2. Reconstruye al adversario en su mejor versión. Antes de refutar a alguien, oblígate a formular su posición de manera que él la firmaría. Si no eres capaz de hacerlo, no entendiste el argumento. Y si no lo entendiste, no puedes refutarlo.
3. Desconfía de tu propia comodidad. Si un argumento contrario te resulta demasiado fácil de destruir, lo más probable es que estés peleando contra un muñeco. Los adversarios reales incomodan. Los de paja, no.
4. Aplícalo hacia adentro primero. El test más honesto no es detectar el hombre de paja del otro. Es detectar el propio.
LO QUE ESTÁ EN JUEGO
Chile viene saliendo de una década de debates envenenados. Tenemos un gobierno nuevo con una agenda ambiciosa y una oposición que va a pelearla en el Tribunal Constitucional. Eso está bien: así funciona una república.
Lo que no está bien es que la discusión se dé entre caricaturas. Que unos discutan contra un gobierno imaginario que quiere hambrear al pueblo, y otros contra una oposición imaginaria que solo sabe sabotear.
Porque cuando todos discuten contra muñecos, nadie gobierna sobre la realidad.
Y la realidad —el desempleo, el estancamiento, la inseguridad, la reconstrucción— no se deja refutar con retórica.




