Por Erasmo Avellaneda | Circulando por la Derecha
El 3 de enero de este año, fuerzas especiales estadounidenses sacaron a Nicolás Maduro de Caracas en una operación de cuarenta minutos. Venezuela celebró. América Latina celebró. Nosotros celebramos.
Siete meses después, conviene hacer una pregunta incómoda: ¿celebramos la caída de un régimen, o la caída de un hombre?
Porque la evidencia acumulada desde entonces apunta, cada vez con más fuerza, a lo segundo.
EL CALENDARIO QUE NADIE CUMPLIÓ
Empecemos por lo más objetivo que existe: una fecha.
Delcy Rodríguez asumió como presidente encargada el 5 de enero, designada por el Tribunal Supremo de Justicia. El artículo 233 de la Constitución venezolana es explícito respecto de los plazos que rigen la falta absoluta del Presidente. Ese plazo —180 días— se cumplió el 3 de julio.
No pasó nada.
La Asamblea Nacional no ha declarado la falta absoluta de Maduro. No ha convocado elecciones. No ha fijado calendario. La ONG Acceso a la Justicia fue directa al describir lo que ocurre desde esa fecha: Venezuela entró en un terreno de "abierta e inédita inconstitucionalidad".
¿Y quién preside esa Asamblea Nacional que no se pronuncia? Jorge Rodríguez. Hermano de Delcy Rodríguez.
El organismo que debe fiscalizar la interinidad está dirigido por el hermano de quien la ejerce. Eso no es un detalle de organigrama. Es la definición misma de lo que estamos mirando.
SEAMOS JUSTOS: LO QUE SÍ CAMBIÓ
Sería deshonesto no reconocerlo, y este blog no está para eso.
Presos políticos: desde el 8 de enero comenzaron las excarcelaciones. Al 8 de marzo se confirmaban 621 liberados. Es una cifra real y son 621 familias que respiran. También se anunció el desmantelamiento de El Helicoide, el centro de detención asociado a denuncias de tortura.
Economía: el gobierno interino eliminó el control cambiario, abrió el sector petrolero a la inversión occidental y reanudó relaciones con el FMI. Después de dos décadas de socialismo del siglo XXI, no es poca cosa.
Ausencia de caos: no hubo guerra civil, no hubo colapso del Estado, no hubo éxodo masivo adicional. La fase de estabilización que planteó Washington funcionó.
Todo eso es verdad. Y todo eso es insuficiente.
Porque más de 500 presos políticos seguían detenidos según Foro Penal. Porque liberar presos no es lo mismo que dejar de tener presos políticos. Y porque una economía puede abrirse sin que se abra un solo espacio de poder.
De hecho, esa es exactamente la historia del chavismo: veintisiete años haciendo concesiones tácticas para conservar lo esencial.
LO QUE NO CAMBIÓ
Miremos la estructura, no los anuncios.
El partido de gobierno sigue siendo el PSUV. El Tribunal Supremo que designó a Delcy es el mismo que legitimó a Maduro. La Asamblea es la misma. El alto mando militar negoció su continuidad.
Vladimir Padrino López, ministro de Defensa desde 2014 y pieza central del aparato represivo, dejó Defensa en marzo… y en abril reapareció como ministro de Agricultura y Tierras.
No fue juzgado. No fue apartado. Fue reubicado.
Cuando el jefe militar de un régimen cambia de escritorio en lugar de cambiar de estatus jurídico, lo que ocurrió no fue una transición. Fue una reorganización interna.
LA PALABRA QUE NADIE QUIERE DECIR: TUTELA
Y aquí llegamos a la parte que a nosotros, en la derecha, más nos cuesta escribir.
El plan de tres fases que anunció el secretario Marco Rubio en enero —estabilización, recuperación, transición— avanzó rápido en las dos primeras y se estancó en la tercera. Y no por accidente.
Este 25 de julio, el presidente Trump declaró que Venezuela no está lista para elecciones y elogió el "trabajo fantástico" de Delcy Rodríguez. En paralelo, su administración solicitó inmunidad judicial para ella ante una corte federal de Florida, en una demanda civil por secuestro y tortura.
Sumemos: petróleo venezolano fluyendo hacia el mercado occidental, estabilidad garantizada, elecciones postergadas indefinidamente e inmunidad gestionada para la heredera del régimen.
Eso tiene un nombre, y no es transición democrática. Es tutela.
Lo digo sin gusto y sin ambigüedad: el interés estratégico estadounidense en la región es legítimo y en general beneficioso para nosotros. Pero cuando una potencia amiga decide que la estabilidad vale más que las urnas, quienes creemos en la libertad tenemos la obligación de decirlo en voz alta. La lealtad geopolítica no puede convertirse en obediencia intelectual.
Y LA NOBEL SIGUE AFUERA
El 1 de agosto se instala la mesa de conversaciones entre el chavismo y sectores opositores, encabezada por Dinorah Figuera, presidente de la Asamblea Nacional electa en 2015.
María Corina Machado —Premio Nobel de la Paz, líder de la oposición, la mujer cuya coalición ganó las elecciones del 28 de julio de 2024— no aparecía en la agenda anunciada por Jorge Rodríguez.
Rubio dijo el 23 de julio que Machado "puede tener un rol". Figuera lo respaldó y ratificó que su papel será fundamental.
Detengámonos en la frase: puede tener un rol.
La ganadora de la elección de 2024, exiliada, tiene que ser autorizada a "tener un rol" en la transición de su propio país. Sigue exigiendo lo mismo desde hace meses: un nuevo Consejo Nacional Electoral, elecciones libres en un plazo máximo de doce meses, y competir contra quien quiera presentarse.
No pide privilegios. Pide una urna.
LO QUE ESTO NOS ENSEÑA A NOSOTROS
Tres lecciones, y ninguna es sobre Venezuela.
Primera: los regímenes no se sostienen en un hombre. Se sostienen en tribunales domesticados, en fuerzas armadas cómplices y en parlamentos capturados. Remover al líder sin desarmar la estructura equivale a cambiarle la cara al problema.
Segunda: la reconstrucción institucional es más lenta y menos épica que la caída. Nadie transmite en vivo la designación de un consejo electoral independiente. Pero ahí, y no en el operativo militar, se juega la libertad de un país.
Tercera: los aliados también deben ser fiscalizados. Aplaudir todo lo que hace un gobierno afín es exactamente el vicio que le criticamos a la izquierda con Cuba y con la propia Venezuela durante veinte años. No repitamos el método con el signo cambiado.
Siete meses después, Venezuela tiene menos presos políticos, más inversión extranjera y ningún calendario electoral.
Tiene un plazo constitucional vencido, una presidente no electa, un parlamento presidido por su hermano y una premio Nobel esperando permiso para volver a su casa.
Maduro está preso. El chavismo está gobernando.
Y mientras eso siga siendo cierto, celebrar sería una forma elegante de rendirse.
Este artículo da continuidad a "Maduro cayó. El chavismo, no." (junio 2026).




