La pregunta incómoda que la derecha latinoamericana no quiere hacerse
El 3 de enero de 2026, a las dos de la mañana, helicópteros de las fuerzas especiales estadounidenses aterrizaron en Caracas y extrajeron a Nicolás Maduro en pijama. Cuarenta minutos duró la operación. Veinticinco años de chavismo, aparentemente, no.
En toda América Latina, la derecha celebró. En los grupos de WhatsApp, en Twitter, en los programas de opinión. "¡Cayó el dictador!", se leía por todas partes. Y yo entiendo el alivio. Lo comparto, en parte. Pero me niego a celebrar antes de tiempo. Porque lo que cayó fue un hombre. No un sistema. Y esa diferencia lo es todo.
Lo que pasó realmente
La Operación Determinación Absoluta fue un éxito militar y policial de la administración Trump. Maduro y su esposa Cilia Flores fueron trasladados a Nueva York, donde enfrentan cargos de narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína. El operativo dejó 47 militares venezolanos muertos y 32 agentes cubanos —sí, cubanos, en suelo venezolano, como siempre sospechamos— también abatidos.
El vacío de poder fue ocupado de inmediato por Delcy Rodríguez, vicepresidente de Maduro y parte del núcleo duro del régimen desde su fundación. No hubo transición. Hubo sustitución. El aparato siguió funcionando al día siguiente exactamente igual que antes, con los mismos ministerios, los mismos militares, los mismos colectivos armados en los barrios.
Eso no es una victoria democrática. Es un cambio de capataz.
Lo que no cambió
A seis meses de la captura de Maduro, el balance para los venezolanos de a pie es desolador. El Fondo Monetario Internacional proyecta una inflación del 682% para 2026. El salario mínimo no alcanza para la canasta básica. Los servicios públicos —agua, luz, salud— siguen en el mismo estado ruinoso de siempre. El Tren de Aragua y los colectivos chavistas controlan territorios enteros que el gobierno interino no puede o no quiere recuperar.
Se liberaron 621 presos políticos. Una buena noticia, sin duda. Pero quedan más de 500 detenidos según el Foro Penal, y el aparato represivo —la Sebin, los colectivos, la justicia adicta— permanece intacto. Como señala la ONG venezolana PROVEA: "el miedo no ha terminado de cambiar de bando".
No hay hoja de ruta electoral. No hay fecha para elecciones presidenciales. Rodríguez lleva más de 180 días en el poder —el límite constitucional para un vicepresidente encargado— y nadie parece apurarse. Apenas 2 de cada 10 venezolanos aprueban el proceso actual. El resto siente, con razón, que los cambiaron por nada.
La trampa de Trump y el petróleo
Hay algo que la derecha latinoamericana no quiere decir en voz alta: Trump no capturó a Maduro para llevar la democracia a Venezuela. Lo capturó porque tenía cargos pendientes en tribunales federales, porque el botín de 25 millones de dólares llevaba años publicado, y porque Venezuela tiene petróleo.
Los analistas que siguen el caso más de cerca son categóricos: Washington ha subordinado las promesas de democratización a los intereses energéticos. Mientras haya acceso al crudo venezolano y Rodríguez coopere con la DEA, la presión por elecciones reales puede esperar. Indefinidamente.
Esto no es anticomunismo. Es realpolitik americana de manual. Y la derecha latinoamericana que aplaude sin condiciones está siendo, en el mejor de los casos, ingenua. En el peor, cómplice de otro autoritarismo con mejor prensa.
La pregunta que nadie hace
Hay una pregunta que los conservadores latinoamericanos deberíamos hacernos con más frecuencia y más honestidad: ¿dónde están los venezolanos dispuestos a jugarse la vida por la libertad de su país?
María Corina Machado es la respuesta más clara que existe hoy. Lleva años dentro de Venezuela sabiendo que puede ser encarcelada o eliminada cualquier día. Eso le otorga una autoridad moral que ningún analista desde Bogotá, Santiago o Miami puede comprar. Pero incluso ella ha chocado contra el muro de un aparato que no cede por presión política, por muy valiente que sea quien la ejerce.
Los líderes que lograron transiciones reales en contextos similares —Mandela en Sudáfrica, Havel en Checoslovaquia, Adenauer en la Alemania de posguerra— tenían tres cosas en común: disposición genuina al sacrificio personal, capacidad de construir coaliciones amplias incluyendo a parte del establishment anterior, y paciencia estratégica para no quemar etapas.
Venezuela tiene el diagnóstico. Tiene el plan. Tiene los recursos naturales y una diáspora de millones de personas educadas y con experiencia internacional. Lo que no tiene —todavía— es ese agente histórico dispuesto a entrar al juego político sabiendo que se juega la vida. Y mientras ese agente no aparezca, o no sea respaldado con convicción real por quienes decimos creer en la libertad, las celebraciones seguirán siendo prematuras.
¿Y nosotros qué?
Para Chile, esto no es un asunto lejano. Hay más de 500.000 venezolanos en nuestro territorio. Una transición fallida —o una Venezuela bajo tutela estadounidense con economía en hiperinflación permanente— no detiene ese flujo migratorio. Lo mantiene o lo incrementa.
La derecha chilena que habla de Venezuela todos los días en redes sociales tiene, si es coherente con sus principios, una obligación: exigirle a Trump resultados democráticos verificables, no solo gestos geopolíticos. Cada sanción levantada debe corresponder a un hito concreto: elecciones con fecha, presos liberados, medios abiertos, aparato represivo desmantelado.
Sin esa condicionalidad, la libertad de Venezuela es solo un slogan. Y los slogans, como bien saben los venezolanos, ya los han padecido suficiente.
Y recuerda: "un adulto es el concepto razonado de lo que le conviene" y la Izquierda Internacional, no le conviene al hombre de bien, al Héroe de Verdad.
Que Dios los bendiga.




