Por Erasmo Avellaneda Millán | Circulando por la Derecha
Hay una palabra que la izquierda latinoamericana repite hasta el cansancio: colonialismo. La escuchas cuando hablan de España, de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional. La escuchas cuando se refieren a las empresas multinacionales europeas, a las bases militares norteamericanas, a los tratados de libre comercio con Occidente. Es, para ellos, el origen de todos nuestros males.
Pero hay una conquista que avanza silenciosa, metódica y con cheque en mano, y sobre esa nadie dice una sola palabra.
Se llama China.
El método: no con fusiles, sino con préstamos.
La República Popular China no necesita ejércitos para conquistar territorios. Tiene algo más efectivo: dinero barato con condiciones caras.
El modelo es siempre el mismo. China se acerca a un gobierno latinoamericano —preferiblemente uno con problemas de liquidez, con presidentes populistas ansiosos de inaugurar obras— y le ofrece financiamiento generoso para infraestructura: represas, puertos, carreteras, estadios. El gobierno lo acepta, firma el contrato y anuncia la obra con fanfarria. Lo que no anuncia son las cláusulas.
Esas cláusulas suelen incluir que la obra la construyan empresas chinas con trabajadores chinos traídos desde China, que los insumos se importen desde China, y que en caso de incumplimiento del pago, activos estratégicos del país —puertos, tierras, recursos naturales— queden como garantía.
No es colaboración. Es una trampa con cara de préstamo.

Los números que nadie quiere leer.
Entre 2005 y 2023, los bancos estatales chinos —el Banco de Desarrollo de China y el Banco de Exportación e Importación de China— prestaron más de 138.000 millones de dólares a gobiernos latinoamericanos, según datos del Diálogo Interamericano. Los principales receptores: Venezuela, Brasil, Ecuador y Argentina.
Venezuela, por supuesto, encabeza la lista. El régimen de Hugo Chávez y luego el de Maduro recibieron cerca de 62.000 millones de dólares en financiamiento chino, pagaderos en petróleo. El resultado lo conocemos quienes lo vivimos en carne propia: la industria petrolera venezolana fue drenada para pagar una deuda contraída por una élite corrupta, mientras el pueblo no tenía para comer.
Ecuador, bajo Rafael Correa, entregó el 80% de su producción petrolera futura a cambio de préstamos chinos. Sri Lanka —aunque no es América Latina, el ejemplo es perfecto— tuvo que ceder el puerto de Hambantota en arrendamiento por 99 años cuando no pudo pagar su deuda con Beijing.
¿A eso no le llaman colonialismo?

La presencia militar que nadie menciona
Más allá de la deuda, China está construyendo presencia estratégica en nuestro continente de una manera que debería alarmar a cualquier ciudadano que piense con claridad.
En Chile, la empresa china CSSC compró el puerto de San Antonio en negociaciones que generaron escaso debate público. En Perú, el mega puerto de Chancay —construido y operado por COSCO Shipping, empresa estatal china— se convertirá en el principal hub logístico del Pacífico sudamericano. En Argentina, China tiene una estación espacial de seguimiento en la Patagonia, construida y operada exclusivamente por personal militar chino, sobre la cual el gobierno argentino tiene acceso limitado.
Una estación militar china en suelo argentino. Piénsalo un momento.
Cuando Estados Unidos tiene una base militar en algún país latinoamericano, la izquierda sale a las calles. Cuando China instala infraestructura de uso dual —civil y militar— en nuestros territorios, el silencio es ensordecedor.
El socio preferido de los socialistas
No es casualidad que los países que más han abierto sus puertas a China sean precisamente aquellos gobernados por la izquierda: Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Cuba. Hay una razón ideológica detrás de esto que va más allá del pragmatismo económico.
China representa, para estos gobiernos, la prueba viviente de que el capitalismo de Estado puede funcionar. Es el modelo que admiran en secreto —y algunos en público— porque combina control político absoluto con crecimiento económico. Es el socialismo que no colapsó, al menos no todavía, al menos no de manera visible.
Lo que no cuentan es que ese "milagro" se construyó sobre 1.400 millones de personas sin libertad de expresión, sin sindicatos independientes, sin propiedad privada real, con un sistema de crédito social que premia la obediencia y castiga la disidencia. El precio del "modelo chino" es la esclavitud ordenada.
¿Qué podemos hacer?
La primera respuesta es la más difícil y la más importante: informarnos y hablar. La penetración china en América Latina avanza porque se hace en silencio, porque los medios afines a la izquierda no tienen incentivo en cubrir la historia, y porque los ciudadanos comunes no saben lo que están firmando sus gobernantes.
La segunda respuesta es electoral. Los gobiernos que más han entregado soberanía a China son los mismos que sus pueblos eligieron creyendo promesas de "justicia social." La geopolítica empieza en el voto.
La tercera es exigir transparencia. Todo contrato firmado entre un gobierno latinoamericano y una empresa o banco chino debería ser público, auditado y debatido. La soberanía no se negocia en secreto.
Simón Bolívar, quien conocía bien lo que significa luchar por la independencia, escribió: "Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción." Hoy esas palabras resuenan con una vigencia que él jamás imaginó.
China no viene con fusiles. Viene con contratos. Y en muchos casos, nuestros propios gobernantes les abren la puerta.
Ya era hora de que alguien lo dijera.
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