La República y sus principios: ¿los cumple Chile?

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La República y sus principios: ¿los cumple Chile?

Libertad, Igualdad, Fraternidad, Seguridad y Responsabilidad: cinco palabras que definen un ideal de convivencia. Aquí, una mirada crítica a nuestra realidad.

¿Qué es una República, exactamente?

La palabra «República» proviene del latín res publica: la cosa pública, lo que les pertenece a todos. No al gobernante de turno, no a una facción política, no a quienes tienen más dinero o más poder. A todos los ciudadanos por igual.

Una República se distingue de otras formas de gobierno porque el poder tiene límites claros, la ley rige de manera igual para todos, los poderes del Estado son independientes entre sí, y los gobernantes deben rendir cuentas al pueblo que los eligió. No es simplemente votar cada cuatro años; es una cultura de convivencia basada en principios.

Esos principios, en la tradición republicana clásica y moderna, son cinco: Libertad, Igualdad, Fraternidad, Seguridad y Responsabilidad. Analizarlos a la luz de la realidad chilena es el propósito de este artículo.

Libertad: ¿real o formal?

La libertad republicana no es la ausencia de toda norma, sino la capacidad de cada ciudadano de tomar decisiones sobre su propia vida sin interferencia arbitraria del Estado o de otros poderes fácticos. Chile garantiza formalmente libertades fundamentales: de expresión, de culto, de empresa y de movimiento.

Sin embargo, cuando el Estado multiplica regulaciones innecesarias, cuando el emprendimiento se convierte en un laberinto burocrático, o cuando ciertos sectores del debate público perciben presión para autocensurarse, la libertad real comienza a erosionarse. La libertad económica, en particular, es un componente esencial de la libertad individual: quien no puede trabajar y emprender libremente no es plenamente libre.

La pregunta pertinente no es si existe libertad en el papel, sino si el sistema la defiende de manera efectiva para todos los ciudadanos, especialmente para los más jóvenes que buscan construir su camino.

Igualdad: ante la ley, no ante la vida.

La igualdad republicana no propone que todos tengamos los mismos bienes o las mismas capacidades. Propone algo más fundamental: que todos seamos iguales ante la ley. El juez, el funcionario público, la institución estatal deben tratar a cada ciudadano con el mismo rasero, sin importar su origen, su riqueza o sus contactos.

Chile ha avanzado en acceso a servicios básicos y derechos formales, pero persiste una brecha entre la igualdad proclamada y la igualdad vivida. Cuando hay personas que operan sobre la ley —por sus conexiones políticas o su capacidad económica—, el principio republicano se quiebra. También es necesario advertir contra una distorsión común: la igualdad no puede convertirse en uniformidad ni en castigo al mérito. Una República sana eleva a quienes más se esfuerzan; no nivela hacia abajo.

Fraternidad: la más olvidada.

La fraternidad es el principio menos mencionado y, posiblemente, el más urgente en la Chile de hoy. Significa reconocerse como parte de una comunidad de destino, donde el adversario político no es un enemigo por destruir, sino un conciudadano con quien debatir y convivir.

La polarización creciente, la desconfianza institucional y la cultura del insulto en el debate público son síntomas de una fraternidad rota. Ningún proyecto de país puede prosperar cuando sus ciudadanos se tratan como enemigos. La fraternidad republicana no exige acuerdo; exige respeto básico y el reconocimiento de que compartimos un mismo proyecto común, aunque tengamos visiones distintas sobre cómo construirlo.

Seguridad: deber primordial del Estado.

La seguridad personal es una de las razones históricas más fundamentales por las que los seres humanos organizamos Estados. El monopolio legítimo de la fuerza existe precisamente para que los ciudadanos puedan vivir sin miedo a la violencia arbitraria, al crimen y a la impunidad.

Chile enfrenta hoy un deterioro claro en esta dimensión: el avance del crimen organizado, la percepción de impunidad y la presencia del narcotráfico en territorios que antes eran tranquilos son señales que no pueden ignorarse. Un Estado que no garantiza la seguridad de sus ciudadanos ha fallado en uno de sus deberes más básicos. Exigir seguridad efectiva no es autoritarismo; es ejercicio legítimo de ciudadanía republicana.

Responsabilidad: el principio que falta.

La responsabilidad es el quinto principio y el que, en opinión de quien escribe, mayor déficit presenta en nuestra cultura política y social. En una República bien constituida, quien ejerce poder debe responder por su ejercicio: el gobernante ante el pueblo, el funcionario ante la ley, el ciudadano ante la comunidad.

La irresponsabilidad se ha normalizado en múltiples niveles: promesas políticas incumplidas sin consecuencias, mala administración de recursos públicos sin sanción efectiva, y una cultura que privilegia la exigencia de derechos sobre el cumplimiento de deberes. Sin responsabilidad, los cuatro principios anteriores son declaraciones vacías.

Conclusión: una República en construcción.

Chile es formalmente una República. Tiene instituciones, separación de poderes, elecciones periódicas y garantías constitucionales. Pero una República no se agota en sus textos; requiere que sus principios sean vividos por los ciudadanos y exigidos a sus gobernantes.

Libertad, Igualdad, Fraternidad, Seguridad y Responsabilidad no son patrimonio de ninguna corriente política particular. Son el piso mínimo de una convivencia civilizada. Defenderlos es tarea de todos: de quienes gobiernan, de quienes se oponen, y de los millones de ciudadanos que, con sus decisiones cotidianas, determinan el tipo de República que queremos ser.

Esa es la conversación que vale la pena tener. Y recuerda, un adulto es el concepto razonado de lo que le conviene y la izquierda, así como los conflictos armados inútiles, no le conviene a los héroes de verdad.

Que Dios los bendiga.

ERASMO AVELLANEDA MILLÁN