Por Erasmo Avellaneda | Circulando por la Derecha
Haga la prueba esta semana. Pregúntele a diez chilenos qué se celebra el 18 de septiembre.
Nueve le van a responder que la independencia de Chile.
Y nueve van a estar equivocados por ocho años.
LO QUE PASÓ ESE MARTES
El martes 18 de septiembre de 1810, en el edificio del Real Tribunal del Consulado de Santiago, se reunió un Cabildo Abierto con alrededor de cuatrocientas personas.
De ahí salió la Primera Junta Nacional de Gobierno. Presidida por Mateo de Toro y Zambrano, con el obispo Martínez de Aldunate como vicepresidente y cinco vocales, entre ellos Juan Martínez de Rozas e Ignacio de la Carrera.
Ahora, el nombre oficial de lo que se creó ese día:
Junta Provisional Gubernativa del Reino a nombre de Fernando VII.
Léalo de nuevo. A nombre de Fernando VII. El rey de España.
Napoleón lo tenía cautivo desde 1808 y había puesto a su hermano José en el trono. Los criollos chilenos no declararon nada contra la Corona: juraron lealtad al rey ausente y se organizaron para administrar el reino mientras él volvía.
La independencia se firmó en Concepción el 1 de enero de 1818, la ratificó O'Higgins en Talca el 2 de febrero, y se juró en Santiago el 12 de febrero, en el primer aniversario de Chacabuco.
Ocho años y cuatro meses después.
ENTONCES, ¿QUÉ ESTAMOS CELEBRANDO?
Algo más profundo que una fecha de independencia, en realidad.
Los criollos invocaron una doctrina precisa, la misma que estaban usando las juntas peninsulares en Sevilla y Cádiz: en ausencia del rey, la soberanía vuelve al pueblo.
Deténgase ahí, porque en esa frase está todo.
No dijeron que el poder quedaba vacante. Dijeron que el poder les pertenecía a ellos, y que lo estaban devolviendo a su origen mientras la autoridad legítima no pudiera ejercerlo.
Un grupo de hombres se reunió, deliberó y decidió libremente darse su propio gobierno. Nadie los obligó y nadie los autorizó.
Eso es lo que celebramos: no el fin de una dominación, sino el primer acto de autogobierno. El momento en que un territorio dejó de esperar instrucciones y empezó a tomar decisiones.
El 18 no conmemora un triunfo. Conmemora un comienzo. Y los comienzos, a diferencia de los triunfos, pueden fracasar.
Este casi fracasó.
LOS ENEMIGOS INTERNOS, VERSIÓN 1814
Aquí está la parte que no se enseña en los actos escolares.
Entre 1810 y 1814, mientras se construía la Patria Vieja, los patriotas chilenos se dedicaron con entusiasmo a destruirse entre ellos. José Miguel Carrera y Bernardo O'Higgins —los dos hombres más capaces del bando independentista— compitieron por el mando con una ferocidad que hoy llamaríamos, sin exagerar, faccionalismo suicida.
Llegaron a enfrentarse militarmente. Entre patriotas.
El resultado llegó en octubre de 1814, en Rancagua. El ejército realista aplastó a un bando dividido y Chile volvió al dominio español durante tres años. Se llama la Reconquista, y fue el período más represivo de todo el proceso.
La república no estuvo a punto de morir por la fuerza del enemigo externo. Estuvo a punto de morir por la incapacidad de sus fundadores de tolerarse unos a otros.
Ese es el primer enemigo interno, y lleva doscientos dieciséis años entre nosotros.
Y DESPUÉS, EL PROPIO O'HIGGINS
La historia tiene un segundo capítulo incómodo.
Bernardo O'Higgins ganó Chacabuco, juró la independencia, ganó Maipú y consolidó la Patria Nueva. Es, con toda justicia, el padre de la patria.
Y en 1823 tuvo que abdicar.
Gobernó con una concentración de poder que la propia elite que lo había apoyado terminó considerando insostenible. El Director Supremo que había liberado al país fue empujado a dejarlo por quienes creían —con razón o sin ella— que la libertad conquistada afuera no podía sostenerse con autoridad ilimitada adentro.
El segundo enemigo interno de una república es la tentación del atajo: la idea de que un hombre providencial resuelve más rápido lo que las instituciones resuelven lento.
Es una tentación permanente, y no distingue de colores políticos. La han sentido gobiernos de izquierda y de derecha, aquí y en todo el continente. Venezuela es el ejemplo extremo de lo que ocurre cuando se cede a ella sin frenos.
LOS MISMOS ENEMIGOS, DOS SIGLOS DESPUÉS
Si uno los traduce al Chile de 2026, siguen siendo tres.
El faccionalismo que confunde adversario con enemigo. Un adversario es alguien con quien compites por el gobierno. Un enemigo es alguien a quien hay que eliminar. Cuando esa distinción se borra —y en Chile se ha borrado más de una vez— la política deja de ser el mecanismo que evita la violencia y pasa a ser su antesala.
El instrumentalismo institucional. Invocar al Tribunal Constitucional, a la Contraloría o a los tribunales cuando fallan a favor, y deslegitimarlos cuando fallan en contra. Lo hemos hecho todos los sectores. Es la forma más eficaz de destruir una república sin dar un solo golpe: basta con enseñarle a la ciudadanía que las instituciones son herramientas de bando.
El atajo caudillista. La convicción de que el problema es que no ha llegado la persona correcta, en vez de que no hemos construido las reglas correctas. Es seductora porque es simple, y es peligrosa por la misma razón.
LO QUE SÍ HAY QUE CELEBRAR
Este jueves millones de chilenos van a comer empanadas, bailar cueca y levantar una copa. Está bien. La patria también se celebra así, y quien desprecie eso no entendió nunca qué significa pertenecer a un lugar.
Pero vale la pena saber por qué se levanta la copa.
No por una victoria militar. No por un documento. Por una decisión.
Cuatrocientas personas se juntaron un martes de primavera y resolvieron que, en ausencia de una autoridad legítima, se gobernarían solas. No sabían si iba a funcionar. Estuvieron a punto de perderlo todo cuatro años después por pelearse entre ellas. Se demoraron ocho años en atreverse a decir en voz alta lo que habían empezado a hacer ese día.
Una república no se hereda. Se sostiene. Cada generación decide si la mantiene o la deja caer, y ninguna puede confiarse en el trabajo de la anterior.
Así que este 18, entre la parrilla y el terremoto, vale la pena recordar que lo que se celebra no es algo que nos dieron.
Es algo que alguien decidió empezar, sin garantías, y que sigue dependiendo de nosotros.
¡Viva Chile!




