Cada 12 de octubre se repite el mismo guión. Estatuas abajo. La palabra "genocidio" repetida como un hecho zanjado. Y quien intenta matizar el relato queda automáticamente del lado equivocado de la historia. Pero casi nadie pregunta de dónde salió ese relato. El politólogo argentino Marcelo Gullo Omodeo lleva más de una década haciendo esa pregunta incómoda. Su respuesta tiene nombre: la Leyenda Negra.
Una campaña de marketing político, no un consenso historiográfico.
Gullo es tajante: la Leyenda Negra "fue la obra más genial del marketing político británico". No nació de un examen de conciencia progresista contemporáneo. Nació de la rivalidad geopolítica del siglo XVI y XVII, cuando Inglaterra y Holanda competían con España por el dominio imperial. Ambas potencias necesitaban desprestigiar a España. Para lograrlo, tomaron la obra polémica de fray Bartolomé de las Casas y la distorsionaron. Las Casas era un fraile español que denunciaba abusos dentro del propio debate español sobre el trato a los indígenas. Inglaterra y Holanda convirtieron ese texto interno en munición propagandística contra España como potencia rival.
La ironía, señala Gullo, es que esos mismos imperios tienen historiales coloniales que casi nadie juzga con el mismo rasero. Inglaterra dejó reservas indígenas empobrecidas en Norteamérica y practicó segregación racial sistemática. Holanda y Bélgica protagonizaron algunos de los episodios coloniales más brutales que documentan la historia de África. La Leyenda Negra no sobrevivió porque era la versión más precisa de los hechos. Sobrevivió porque quienes competían con España tenían el aparato de propaganda y editorial para instalarse durante siglos.
El argumento que Gullo pone sobre la mesa: comparar, no idealizar.
Gullo no pretende que la conquista española fuera un proceso sin violencia ni abusos. Eso sería tan deshonesto como el relato que combate. Su argumento es otro: comparado con otros imperios de la época, el modelo español tiene rasgos que la Leyenda Negra omite sistemáticamente.
España nunca trató jurídicamente a América como colonia en el sentido moderno. La trató como extensión de la propia Corona. Por eso fundó más de treinta universidades en el continente: Santo Domingo, San Marcos de Lima, México. Harvard nació en 1636 con apenas unos miles de libros. El Colegio de San Pablo, en Lima, llegó a tener cerca de 45.000. La Corona también impulsó activamente el mestizaje, justo lo opuesto a la segregación racial que practicaron las potencias anglosajonas en sus propios territorios.
Sobre el punto más sensible —la caída demográfica de la población originaria— Gullo se apoya en el historiador Ángel Rosenblat. Rosenblat atribuye la mayor parte de esa mortalidad a enfermedades, no a una violencia sistemática y deliberada equivalente al genocidio. Hay que decirlo con honestidad: esta tesis genera debate, y no todos los historiadores la comparten. Pero es exactamente ese debate el que la palabra "genocidio" impide tener, porque muchos la tratan como un hecho zanjado.
De propaganda imperial a herramienta política actual.
Lo más relevante del trabajo de Gullo no es la disputa historiográfica del siglo XVI. Es lo que documenta después. En el siglo XX, corrientes indigenistas con financiamiento e influencia soviética heredaron y reciclaron esa Leyenda Negra. La usaron para un objetivo político concreto: fragmentar la identidad hispanoamericana compartida y debilitar la cohesión nacional de la región. Gullo traza una línea entre esa narrativa y movimientos separatistas contemporáneos —dedica buena parte de su libro al caso catalán—. Ambos usan la misma lógica: presentar la historia común como una imposición colonial ajena, para justificar la ruptura.
Esa lógica también aparece en el debate chileno actual. Aparece cada vez que alguien cuestiona la legitimidad del Estado nación en nombre de la "descolonización". Aparece cuando alguien presenta el pasado prehispánico como una utopía que la violencia española interrumpió. Pero eso omite algo: las sociedades originarias de América —aztecas y otras— también practicaban sacrificios rituales y guerras de conquista entre sí. Ese dato rara vez entra en el relato romantizado.
Lo que este 12 de octubre debería significar.
No se trata de reemplazar un mito por otro. Tampoco de pedirle a nadie que celebre la conquista sin matices. Se trata de algo más simple: dejar de tratar la Leyenda Negra como historia zanjada. En el fondo es propaganda de guerra del siglo XVI. Y sigue cumpliendo, siglos después, la misma función para la que nació. Debilitar a Hispanoamérica desde adentro. Presentar su propio origen como una vergüenza de la que solo puede liberarse rompiendo lo que la une.
Este 12 de octubre, antes de compartir la próxima consigna sobre "genocidio" y "colonialismo", vale la pena hacer una pregunta. Es la misma que Marcelo Gullo lleva años haciendo: ¿quién se beneficia de que sigamos creyendo esa historia sin revisar?




