INFOXICACIÓN: CUANDO TENER DEMASIADA INFORMACIÓN ES TAN PELIGROSO COMO NO TENER NINGUNA

Publicidad

INFOXICACIÓN: CUANDO TENER DEMASIADA INFORMACIÓN ES TAN PELIGROSO COMO NO TENER NINGUNA

INFOXICACIÓN.

Imagina a un médico de urgencias que, en lugar de recibir el historial clínico del paciente que tiene al frente, recibe simultáneamente los expedientes de diez mil pacientes distintos, todos mezclados, sin orden, sin jerarquía. No podría diagnosticar nada. No podría tomar ninguna decisión correcta. Y, sin embargo, técnicamente, tendría "más información" que nunca.

Eso es la infoxicación. Y no solo les ocurre a los médicos. Les ocurre a los analistas de inteligencia. Les ocurre a los periodistas. Les ocurre a los ciudadanos. Y en política, alguien lo sabe muy bien y lo aprovecha.

¿Qué es exactamente la infoxicación?

El término lo acuñó en 1999 el físico catalán Alfons Cornellà. Lo definió como "estar siempre 'on', recibir centenares de informaciones cada día, a las que no puedes dedicar tiempo". Antes que él, Alvin Toffler ya había advertido en 1970 que "si el exceso de estímulo a nivel sensorial aumenta la deformación con que percibimos la realidad, el exceso de estímulo cognoscitivo perturba nuestra facultad de pensar".

Dicho de forma simple: el fenómeno de la infoxicación se presenta cuando la información recibida por la persona es mayor que su capacidad de procesarla. No es falta de información. Es exceso. Y el resultado es exactamente el mismo que la ignorancia: incapacidad para actuar bien.

Las consecuencias no son menores. Desorientación, indecisión, falta de atención y concentración, dispersión, problemas de memoria, deterioro de la capacidad analítica, deficiente administración del tiempo — ese es el cuadro clínico del ciudadano infoxicado. Y para quienes trabajan en inteligencia o análisis político, el diagnóstico es aún más grave.

El problema en los analistas de inteligencia

Los analistas de inteligencia son, por definición, personas cuyo trabajo es convertir datos en decisiones. Procesar señales. Separar el ruido de lo relevante. Pero en el mundo actual, ese trabajo se volvió exponencialmente más difícil.

Hoy en día, los tomadores de decisiones sufren con frecuencia de infoxicación, lo que abruma su capacidad para pensar con claridad y ver el panorama general. Estamos perdidos en un mar de datos e información, y los delincuentes lo saben muy bien.

Esa última frase merece subrayarse: los delincuentes lo saben muy bien. Y los actores políticos también.

La cantidad ingente de información disponible —especialmente a través de internet— aumenta el riesgo de saturar las bases de datos con información no relevante, lo que incurre en sobrecostes de mantenimiento y posible desinformación (LISA Institute). Un analista saturado no solo no puede distinguir lo verdadero de lo falso: directamente deja de intentarlo. Comienza a simplificar, a confirmar sesgos, a tomar atajos mentales. Y esos atajos son exactamente donde los actores maliciosos instalan sus narrativas.

El ciclo de inteligencia —recolección, procesamiento, análisis, divulgación— se rompe en su segunda etapa. Es en la fase de procesamiento donde se lucha contra la infoxicación: ordenar, filtrar y analizar para identificar qué es más relevante y confiable. Cuando esa fase colapsa bajo el peso del ruido, todo lo que viene después es basura: análisis contaminado, decisiones erradas, políticas públicas mal orientadas.

La dimensión política: cuando el exceso de información es un arma

Aquí llegamos al núcleo del problema. Porque la infoxicación no es solo un accidente de la era digital. En política, puede ser una estrategia deliberada.

La manipulación informativa no solo debilita la confianza en los procesos democráticos, sino que también genera desafección política. La exposición constante a noticias falsas y teorías conspirativas distorsiona la realidad hasta el punto de que muchos ciudadanos pierden la confianza en su capacidad para influir en el sistema político.

¿Y quién se beneficia de esa desafección? El poder establecido. El gobierno que no quiere ser fiscalizado. La coalición que prefiere ciudadanos agotados a ciudadanos atentos.

Las campañas de desinformación son patrones de comportamiento llevados a cabo de forma coordinada e intencional para manipular la realidad informativa, y suponen una amenaza para los valores constitucionales, los procesos democráticos y las instituciones democráticamente constituidas. Nótese bien: no hace falta mentir directamente. Basta con inundar. Con saturar. Con hacer que todo parezca igualmente importante —o igualmente sospechoso— para que el ciudadano se rinda y deje de filtrar.

En América Latina, este mecanismo tiene un nombre propio y una tradición bien documentada. La desinformación muchas veces busca explotar vulnerabilidades de la sociedad por medio de contenido no necesariamente falso, pero diseñado estratégicamente para generar confusión, desconfianza o división social. No hace falta inventar noticias. Basta con multiplicar el ruido hasta que la señal desaparezca.

El ciudadano como primer eslabón roto

La democracia tiene un supuesto fundamental: que el ciudadano puede tomar decisiones informadas. Que puede votar con criterio. Que puede fiscalizar al poder. Pero ese supuesto se rompe bajo la infoxicación.

Nos podemos encontrar ante una opinión manipulada o prefabricada por procesos que los propios ciudadanos desconocen, basados en el tratamiento de su información personal y en el recurso a las emociones, desarticulando cualquier tipo de razonamiento reflexivo.

Esto no es una metáfora. Es el mecanismo exacto por el cual la izquierda populista latinoamericana —desde las mañaneras de AMLO hasta los relatos "épicos" del progresismo chileno— construye sus audiencias. No mediante argumentos racionales que se puedan refutar. Sino mediante una avalancha constante de contenido emocional que no da tiempo al análisis.

Las redes sociales conllevan infoxicación, burbujas de filtros, desinformación, extractivismo de datos y otros efectos perjudiciales para el sistema democrático. Y quien controla el flujo de contenido en esas plataformas —o quien tiene más recursos para generarlo— lleva la delantera.

¿Qué hacer? El antídoto republicano

La solución no es ignorar la información. Es aprender a procesarla con disciplina. Y eso, en el mundo de hoy, es una habilidad que hay que cultivar de forma deliberada.

Los analistas de inteligencia tienen protocolos para esto: prioridad, fuente, contraste, contexto. El ciudadano republicano debería tener los suyos propios.

  • Primero, establece jerarquías. No toda noticia merece tu atención. Aprende a distinguir lo urgente de lo importante, lo emocional de lo relevante.
  • Segundo, desconfía del escándalo instantáneo. Cuando algo explota en redes y todos hablan de lo mismo al mismo tiempo, pregúntate: ¿qué no estoy viendo? ¿Qué se está tapando con este ruido?
  • Tercero, vuelve a las fuentes primarias. Los documentos, los datos duros, los hechos verificables. El análisis de calidad no nace del scroll infinito. Nace del estudio.
  • Cuarto y más importante: recuerda que la fatiga informativa es políticamente conveniente para el poder. El ciudadano que se rinde, que dice "todos mienten igual", que se desconecta de la política por saturación, es exactamente el ciudadano que el populismo necesita. Alguien que no vota con criterio, que no fiscaliza, que no exige cuentas.

La infoxicación no es solo un problema de higiene digital. Es una amenaza a la calidad de nuestra democracia. Y en un país como Chile, donde las instituciones ya están bajo presión, donde la confianza ciudadana está erosionada y donde el progresismo domina el relato mediático, no podemos darnos el lujo de ciudadanos mentalmente agotados.

Más información no es más libertad. Información procesada, jerarquizada y analizada con pensamiento crítico: eso sí lo es.

Y recuerda, un adulto es el concepto razonado de lo que le conviene y la izquierda, así como el exceso de información, no le conviene a los héroes de verdad.

Que Dios los bendiga.

ERASMO AVELLANEDA MILLÁN